Ontología de guerra frente a la zoonosis – Mónica B. Cragnolini

En estos momentos en que se plantean muchas de las cuestiones que estamos viviendo a raíz de la pandemia del COVID-19 en términos de crisis de los sistemas sanitarios, varias voces se alzan para señalar que es tiempo de detenernos para pensar qué es lo que acontece con el biocapi-talismo. En este sentido, esas voces indican los problemas que genera el neoliberalismo con su modelo de mercado sin (o con mínima) intervención estatal, y ponen el dedo en la llaga de la justicia distributiva: estas catástrofes, se dice, hacen evidente la desigualdad social, el poco acceso a los sistemas de salud de determinados grupos poblacionales, la crisis de las economías no formales, y una larga lista de etcéteras con los que vivimos cotidianamente en una continua actitud negacionista.

En el contexto de pensamiento de esa crisis del biocapitalismo, me gustaría destacar tres cuestiones: en primer lugar, la que tiene que ver con la caracterización de lo que acontece en términos bélicos; en segundo lugar, quisiera poner en duda el carácter «sorpresivo» de esta pandemia, pensando en términos de violencia estructural; y en tercer lugar, deseo mostrar la relación entre el tratamiento que damos a los animales de producción intensiva y las zoonosis de las últimas décadas.

Ontología de guerra

La expresión «ontología de guerra» remite a una interpretación de todo lo que es en términos bélicos. Reyes Mate se ha referido con este sintagma a la cercanía entre el pensamiento de Franz Rosenzweig y Walter Benjamin, quienes fueron «anunciadores» del proyecto aniquilador de Auschwitz. Lo que se verificó en Auschwitz no fue producto de la locura o insania de un Hitler y adláteres, sino el punto cúlmine de un proyecto totalizante a nivel metafísico, ético-político y económico. Para Rosenzweig, que falleció en 1929, las grandes ideas totalizantes no sólo cierran el pensamiento, sino que permiten despreciar el valor de la temporalidad y de la muerte (justamente, la filosofía ha sido la gran negadora de la muerte y del devenir). Es en nombre de ideas totalizantes que la vida humana se considera ínfima: a Rosenzweig le había espantando la Gran Guerra, el modo en que los elementos tecnocientíficos, que se suponía debían servir al progreso de la humanidad, se ponían al servicio de la muerte

De alguna manera, el existente humano se ha colocado en relación a la así llamada naturaleza en términos de una «ontología de guerra»: la idea moderna de «saber es poder» implicó el dominio de la tierra toda como objeto disponible, como recurso. El planeta es esa gran «estación de servicio» que caracteriza Heidegger: arrancamos a la tierra sus productos, los transformamos, los transportamos, los acumulamos, y los tenemos allí disponibles para nuestras necesidades. Esto supone un modelo de guerra con respecto a lo viviente, ya que lo así llamado «propio» de lo humano consiste precisamente en ese proceso de apropiación de la naturaleza, en esa «manufacturación» (manus facere, hacer con las manos) de todo lo que es, convirtiéndolo en material utilizable y reciclable. Heidegger mostró cómo ya Aristóteles piensa diversas cuestiones a partir de la observación de lo que hacemos con nuestras manos, en relación a los materiales. Podríamos decir que el «saber es poder» de la ciencia moderna supone el salvoconducto para «meter mano» en todo lo que es, en virtud de la capacidad transformadora atribuida al existente humano. Esa capacidad transformadora es apropiativa: el hombre hace parte de lo propio aquello que le resulta extraño, para sentir la tranquilidad de la «humanización» de todo lo que es: a eso lo llamamos «cultura». La pregunta a realizar es qué ha significado este mundo humanizado para el resto de los vivientes; y para los humanos, también, que se resisten a ciertos modelos de «humanización» (es decir, los humanos «animalizados» por otros: inmigrantes, mujeres y niños en la trata de personas, trabajadores ilegales en talleres clandestinos, etc.).

Lo «sorpresivo» de la pandemia En ese mundo superhumanizado (es decir, adaptado a las necesidades exclusivas del humano) advienen las pandemias, interpretadas como anomalías que deben ser enfrentadas. Hoy en día, el modelo dominante para caracterizar lo que está aconteciendo es el de la guerra: guerra contra el virus, pero también guerra contra los irresponsables que no respetan el aislamiento social, contra los turistas que expandieron el virus, etc. La idea de guerra asegura en tiempos de incertidumbre: señala quién es el enemigo, de qué lado nos ubicamos, y con qué medios y estrategias contamos para hacerle frente. Y provoca una cierta esperanza para calmar la ansiedad con respecto al futuro. La medicina utiliza a menudo este lenguaje, y por eso se habla de guerra contra las enfermedades, y se piensa al cuerpo humano como un soldado que enfrenta una batalla, con unas armas (sistema inmunológico) que deben reforzarse, y con un capitán o general al mando (el cerebro) que debe sostener un buen ánimo para que la moral esté alta y se pueda vencer la batalla. Más allá de todos los aspectos filosóficos presentes en estos modelos nosográficos, me gustaría referirme a un elemento que se halla en la raíz de dicho modelo, y que tiene que ver con el modo en que pensamos nuestra relación con el resto de lo que es en la comunidad de los vivientes. Por eso retomo el sintagma «ontología de guerra», para caracterizar la forma en que nos relacionamos con lo que se considera «naturaleza», guerra que se ensaña contra los animales, y contra modos de existencia humana que se consideran animalizados. Esta ontología de guerra muestra un nuevo aspecto en la lucha contra las zoonosis.

Las zoonosis, como su nombre lo indica, remiten a aquellas enfermedades que se trasmiten desde animales a humanos. Muchas de ellas se vinculan con el consumo de carne animal (triquinosis, brucelosis, diversas enfermedades parasitarias). En el siglo XX, tuvimos el síndrome de la vaca loca (encefalopatía espongiforme bovina), de origen priónico, que se trasmitió al humano, y que evidenció aspectos de la alimentación de aquellos animales que los carnívoros ponen en su plato, aspectos que no conocían (o no querían conocer): el engorde con harinas fabricadas a partir de los cadáveres de otros animales, residuos de matadero y placenta humana. El siglo XX nos enfrentó a una enfermedad zoonótica de origen viral, VIH-sida, que se constituyó en la pandemia con más continuidad en el tiempo por su modo de trasmisión, y que ha producido millones de víctimas. En lo que va del siglo XXI hemos tenido, entre otras zoonosis: SARS (síndrome respiratorio agudo severo, 2002-2003), gripe aviar (H5N1, 2005, con sus variantes hasta la H7N9 en 2016-2017), gripe porcina (H1N1, 2009) y ahora COVID-19. Todas enfermedades generadas por un virus propio de animales, que logra entrar en un organismo humano, y a partir de allí propagarse como patógeno humano.

Cuando se contabilizan víctimas, se suele señalar que las tres pandemias más grandes (peste negra, gripe española y VIH) han sido enfermedades zoonóticas. A las enfermedades zoonóticas se las enfrenta con el modelo bélico, y se las considera «inesperadas» o sorpresivas por parte de las políticas públicas de sanidad.

¿Qué es lo que acontece cuando se las plantea como «catástrofes sorpresivas»? En los últimos años, buena parte del enfrentamiento del cambio climático se presenta también en términos de «sorpresa»: no sabemos por qué los inviernos han dejado de ser tan fríos en ciertos hemisferios, y se han vuelto crudos en otros; no sabemos por qué el calor se ha acentuado en ciertas partes del planeta; por qué hay sequías, inundaciones, etc. El tema es que sí lo sabemos, y lo sabemos muy bien, pero la capacidad de negación del existente humano es muy amplia. Sabemos que contaminamos la atmósfera con nuestros medios de transporte, con la crianza intensiva de animales, con el fracking; sabemos que estamos devastando todo lo que queda de verde en la tierra, a los efectos de la producción. Pero «seguimos forzando» al planeta, considerado como esa inmensa estación de servicio de la imagen heideggeriana. Cuando se niega esto (y sus consecuencias en la vida y la economía de los países), se enfrenta lo que pasa no en términos de responsabilidad colectiva, sino en términos individuales.

Al enfrentar el virus predominantemente en términos de «responsabilidad individual» (las medidas de aislamiento, la forma de estornudar, el lavado de manos), se pone el acento en las acciones de cada ciudadano, y por ello se persigue (y también con tonos guerreros) a los que no cumplen las normativas. Más allá de que esas normativas permiten un ordenamiento de lo social mientras se generan los mecanismos sanitarios para enfrentar el avance de la pandemia, hay que tener en cuenta la cuestión colectiva: ¿qué aspectos de la organización de nuestra vida a nivel de lo colectivo, de los sistemas sanitarios, de la economía, de los modos de vincularnos con la naturaleza, es necesario volver a pensar? Cuando pase la pandemia: ¿volveremos sin más, sin culpa, a esa forma de vida que está íntimamente vinculada con lo que nos está aconteciendo? ¿Esperaremos la próxima pandemia zoonótica para volver a asombrarnos y remitirnos a lo inesperado?

La guerra contra los animales

En el siglo XXI, las zoonosis a las que les «hacemos la guerra» se hallan estrechamente vinculadas con el consumo de animales, sea de animales de producción, sea de animales de caza. En los animales de producción intensiva, el hacinamiento, las nutriciones inadecuadas, el uso de antibióticos y hormonas, el estrés sufrido por las condiciones de vida en jaulas o cubiles estrechísimos (en los que carecen de toda posibilidad de movimientos), producen continuamente enfermedades. En los animales que son objeto de caza, los cambios a nivel del hábitat y nicho ecológico; las migraciones a las que se ven obligados por el desmonte, por la erosión de los suelos; por el rellenado de sumideros para construir barrios cerrados, también generan enfermedades por virus que «saltan» a la especie humana.

El informe de 2006, La larga sombra del ganado (accesible en la página de la FAO: http://www.fao.org/3/a0701s/ a0701s00.htm) alertaba sobre las consecuencias de la producción agropecuaria y la creciente demanda de carne animal para consumo, a nivel de impacto ambiental; ataque a la biodiversidad, degradación de aguas y suelos, contaminación, etc. El biólogo Rob Wallace señalaba, en 2016, que para las multinacionales de los agronegocios “vale la pena producir un patógeno que podría matar a mil millones de personas” (Big Farms Make Big Flu), porque se prioriza la ganancia por encima de cualquier otra cuestión. Y no son pocos los informes de virólogos señalando los peligros de la producción cárnica intensiva en esta generación de pandemias. Producción que está vinculada también con la desigualdad distributiva: es un pequeño porcentaje de la humanidad el que se alimenta de la carne de los animales de producción intensiva.

Derrida ha llamado «guerra santa contra el animal» a la violencia constitutiva del proyecto tecnocientífico en el proceso de humanización. Entendámonos: «humanizarse» ha significado «dejar de ser animal» para buena parte del pensamiento occidental, y ese proceso se ha encarado como «guerra» contra la animalidad. El adjetivo «santa», en la expresión derridiana, alude al hecho de que ninguna de las tres religiones monoteístas ha tenido en cuenta, en su regla de oro, al animal, como otro que debe ser respetado. Nietzsche, en La genealogía de la moral, llamó a este proceso «odio contra lo animal». Nuestra vinculación con los animales que son traídos a la existencia solamente para ser consumidos, que viven una vida determinada en tiempo y espacio por nuestras supuestas necesidades, no puede ser pensada sino en estos términos de odio y guerra, enmascarados tras la idea de «necesidades de alimentación».

Humanos en cuarentena: la guerra no la iniciaron los virus. La guerra la iniciamos nosotros, cuando nos montamos de manera soberbia sobre el modelo del hombre que «domina» la naturaleza a través de su cultura y sus valores. La guerra la iniciamos nosotros cuando creímos que todo lo viviente estaba a nuestro servicio, allí, «a la mano», listo para ser utilizado, manufacturado, consumido, aniquilado (la ontología de guerra que implica una metafísica manufacturera).

En los últimos días, hemos visto imágenes de la laguna de Venecia con sus aguas insólitamente claras, de cielos azules en ciudades antes plagadas por la contaminación, de plantas que vuelven a nacer y florecer en tierras aparentemente yermas. La cuarentena ha permitido ver algo de cómo es el mundo cuando se detiene la maquinaria de superhumanización, maquinaria devastadora de las formas de vida y contaminadora de todo el planeta. Sabemos que esta detención de la maquinaria productiva-apropiativa-extractiva no durará demasiado: una vez controlada la enfermedad, los engranajes volverán a engancharse y seguirán su ritmo obsesivo. Pero mientras tanto, tuvimos tiempo para pensar diversas cuestiones que tienen que ver con nuestro modelo de humanidad. Creo que «otro modo de ser» en relación con la tierra y la comunidad (de lo) viviente nos está reclamando hace tiempo. Tal vez estos días de aislamiento nos preparen para la escucha de ese reclamo que habitualmente preferimos silenciar.

Mónica B. Cragnolini

 

 

Fuente: Fiebre. ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio).

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