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Epílogo de «Vértigo. La tentación de la identidad.». Andrea Cavalletti

La escena es conocida: promesa de seguridad y violencia colaboran, y la racionalidad del mecanismo y el mito conjuran y se disimulan en las subjetividades vertiginosas. Tres siglos atrás “l’énorme bonhomme artificiel” (Foucault) campeaba sobre la ciudad, cuando Leo Strauss podía llamar epicureísmo o “hedonismo político” a la doctrina inaugurada por Hobbes, añadiendo que esta “revolucionó en todas partes la vida humana a una escala a la que ninguna otra enseñanza jamás se ha acercado” (Strauss). Aquí en la fórmula más típica y sutil, se revela el más profundo significado moderno de lo “político”: precisamente la tendencia a la conservación de sí y al placer se dispone, de hecho, en la esfera del miedo que Epicuro había disuelto, actuando así y renovando al mismo tiempo esa amenaza, haciendo del ser humano, de “todos los seres que tienen vida, el único que va voluntario, y con gusto, al encuentro de la muerte” (De Giuliani). Esta conjunción indebida y eficiente de “edoné” con “thánatos” que –con el nombre de deseo [Begierde]– constituye al sujeto y lo marca en todos los aspectos logró antes que la teoría freudiana de la alternancia de los impulsos la más clara transparencia en la Phänomenologie des Geistes, o el más decidido enmascaramiento, en una definición que es justa a la vez que encanta, dado que hace aparecer dentro de su historia la realización del espíritu y de la historia. La exposición suicida al peligro se revela, mientras tanto, como principio del Estado, cuya esencia –con la formula hegeliana que contradice sólo en apariencia a Hobbes y deriva de la elaboración dieciochesca del modelo de seguridad– no consiste en la protección, sino que reclama para sí la vida misma. Y si también así los últimos fingimientos pueden caer; es porque el dispositivo del epicureísmo político ya ha formado y estabilizado la conciencia como tal. Cuando el amo vence y el esclavo tiembla y cede a su rival posponiendo el fin de sí y del otro, el poder se asienta exactamente en lugar de esa misma muerte que, según Epicuro, no existe cuando yo existo. Es en este vacío, en este “no existe”, donde se producen ahora la conciencia y el reconocimiento, donde la amenaza se ejerce y obtiene su fuerza característica, para la Alexandre Kojéve usó con precisión el término “prestige”; y a propósito de la cual aún resuena la simple y franca constatación: “Un prestidigitador, con sus juegos de prestigios, hará aparecer una serpiente allí donde sólo hay una cuerda. Detrás del prestigio, sin duda hay algo pero no es lo que se cree” (Fallot). Ese “algo” no es el “patrón absoluto”, la muerte, el “patrón de siempre”, sino el mismo sujeto atemorizado que aparece cuando este último no está, o sea la amenaza que produce la conciencia servil. Detrás de la vida que la muerte ahorra, detrás de la muerte misma, y capaz de agitar su espectro, sólo existe el poder, el viejo mecanismo vertiginoso que , actuando en cada deseo, anima todas las acciones; y detrás del señorío absoluto sólo existen la fuerza desenmascarada y el engaño ejercidos por este, induciendo a vivir –en términos hegelianos– un suicidio diferido o “mediato”, a actuar lo que se querría evitar y a seguir a quien en realidad arrastra, a trabajar, servir, desempoderar o a combatir, y a morir para salvarse.

Sin embargo, es cierto que sólo lo que se teme es prometido y se realizará, cuando lo que teme es precisamente lo que no existe. El esclavo hegeliano es en efecto el que cede, o es sacudido en todo su ser antes que el amo, para “legitimar” [anerkennen] así su dominio y la esclavitud: es decir, tiembla frente a esa muerte que desde ahora constituirá una amenaza fáctica, encarnada o reconocida; y trabajando, formándose bajo este soberano, conteniendo o manteniendo el deseo como tal, evitando, dice Hegel, que se disuelva (evitando el placer, porque los deseos, explica el verdadero epicúreo contemporáneo, son placeres “engordados”), evitando que la nada se desvanezca en la nada, o el “no-hay” (Jesi; Plessner: “ohne ‘da’ zu sein” [sin estar “allí”]), en el puro no es, se deshace sin más de la angustia de la muerte. Pero sólo podía librarse de una apariencia, y su libertad por lo tanto no es sino una apariencia. El ser humano entonces deja de temer precisamente cuando no debería, y realiza el engaño, transfiriendo indebidamente el tan temido para él señorío, a un esclavo que nunca ha sido tal, proyectando por todos lados su antropismo de muerte para tiranizar a un ser que él llama naturaleza pero que nunca lo ha reconocido; y ve justo a ese “ser autónomo” como a sí mismo ya que actúa la destrucción, en ese ser, de una vida “natural” y temblorosa que es únicamente suya. Ya –mientras la esfera del placer puro queda aislada e intacta– se ha producido la caída, y la alucinación vertiginosa (el duro sufrimiento) podrá manifestarse sólo como signo de sí misma; explicitarse como decisión anticipadora, hasta que –en un segundo vórtice, que sin embargo no es sino el primero– la incoercible potencia del planeta (como sucede hoy) deba erguirse en su indiferencia verdaderamente soberana contra la “conciencia que trabaja” [arbeitendes Bewusstesein] o domina sólo la vida natural, y a la que le es imposible desconocerse o tener miedo en serio, detenerse, finalmente en un verdadero temblor. Es esa la fórmula vertiginosa, encantadora y sintética que compendia en sí el correr de los días hacia una muerte digna de un fantasma de muerte, fórmula de una existencia que se desenvuelve precipitando hacia la realización o su mítica totalidad. El “no-hay” actúa, forma la vida, y el mito plasma la historia.

Sólo una técnica –en semejantes condiciones–, por otra parte, parece capaz de escapar a la captura o al autoengaño: es la que, en cada gesto y en cada palabra, fija el vértigo y se devela mientras a sí misma; y no tiene miedo del abismo porque no teme al ojo capaz de ver su “pequeño fraude” [Kleiner Betrug] (Nietzsche): esta conoce el objeto mientras expone su propia manera de conocerlo, y la aprehende y la muestra sólo porque, como hemos dicho, sabe llamar “artística” también a esta operación (Jesi).”Sólo” no señala aquí una carencia o una rareza: la técnica, en efecto (lejos de ser trabajo y acción, como pretende el falso discurso que la acompaña), no es sino esto, sólo y todo esto; así como el sujeto –o si, nuestra escena, tan conocida– no es sino el lado en las sombras del artificio.

Andrea Cavalletti.

Vértigo. La tentación de la identidad. (2019)

Traducción de María Teresa D’Meza. Revisión de términos en latín y griego: Antonio Tursi.

Adriana Hidalgo editora.